PIRINEOS: UNA VISIÓN GENERAL

 

Como ya he avanzado, Pirineos hay muchos y hay mucho Pirineo. Desde el cabo de Higuer hasta el cabo de Creus, con 415 quilómetros de longitud y una anchura aproximada de 150 en su parte central, el Pirineo forma una colosal muralla entre España y Francia. Conforma una frontera natural que une más que separa ambos países.  El Aneto, su pico más elevado, se levanta en la parte central seguido a ambos lados de la sierra por un mar de crestas y cimas que mantienen su altura entre los 2.000 y los 3.000 metros en la mayor parte. Hacia Occidente, desde los elevados picos de Ori y Anie, desciende muy suavemente en una extensión de algo más de 70 kilómetros. Por el Este, el descenso es más brusco pues cercano a las aguas mediterráneas aún encontramos el Canigó, de 2.785 metros de altura.

 

RELIEVE

El eje pirenaico dibuja, pues, un arco bastante asimétrico con un descenso más brusco hacia el Mediterráneo que hacia el Atlántico. La Geología nos ha de demostrar que las fuerzas que plegaron la sierra llegaron al punto culminante hacia levante. Allí, ya desde los primeros tiempos de la historia de la Tierra, afloraba un Pirineo incipiente que las fuerzas orogénicas recientes no hicieron más que rejuvenecer y exaltar hasta engendrar las más altas cimas actuales. La parte central, denominada por los geólogos Zona Axial, es el eje principal de la cordillera. Es el Pirineo granítico y pizarroso, de altitudes máximas, el de los glaciares y las crestas recortadas, el de los prados y bosques frondosos.

Un mar de profundidad uniforme se extendió desde los primeros tiempos de la Era Primaria hasta casi el final de la misma por encima del actual Pirineo. A mitades de dicha Era el mar comienza a perder profundidad como signo precursor de los próximos movimientos que levantaron el Pirineo herciniano. A consecuencia de los esfuerzos orogénicos se produjo una importante fase eruptiva que produjo un gran corazón granítico que forma la base de la cordillera y aflora en plena Zona Axial. A consecuencia del endurecimiento sufrido por las presiones orogénicas y el metamorfismo, los antiguos macizos de la Zona Axial se han vuelto duros y a la vez frágiles, y ante las nuevas fuerzas orogénicas funcionan como un solo bloque. Desde el punto de vista morfológico, los materiales paleozoicos, a pesar de la uniformidad, presentan ciertas diferencias. El granito es la roca más dura del Pirineo y da lugar a formas altivas. Las pizarras, menos resistentes a la erosión, crean relieves más suaves, y las calcáreas devonianas, resistentes, crean relieves enérgicos intercalados entre las pizarras paleozoicas.

Las presiones orogénicas han actuado tan intensamente a lo largo de la cordillera que es difícil encontrar zonas en las que las capas del terreno hayan guardado su primitiva disposición horizontal. Las capas aparecen a veces verticales o con hundimientos más o menos pronunciados, lo que le da al Pirineo una morfología estructural propia de las montañas de plegamiento. A causa de todo ello, el relieve pirenaico se basa en una serie de crestas y depresiones, alternadas en la misma dirección que los ejes de plegamiento, siendo más perceptible donde los terrenos aparecen más comprimidos, permitiendo la alternancia de rocas duras y blandas. Las niveles blandos forman los valles longitudinales y los niveles duros elevan las sierras.

 

Subiendo a la Forca Estasen, por la Vall de Barrancs

 

Los pliegues pirenaicos son de curso irregular, interrumpidos a menudo por dislocaciones transversales, que facilitan la erosión fluvial de carácter oblicuo. Resumiendo, las formas estructurales del Pirineo son variadas y complejas, distribuidas a pesar de todo con cierta regularidad, dominando en el centro de la cordillera las formas causadas por los sencillos plegamientos de tipo jurásico pirenaico. En cuanto a las formas estructurales fósiles, las pudingas no conservan en todos los lugares la horizontalidad primitiva. Al contrario, se observan discordancias notables que acreditan que las fuerzas orogénicas actuaron incluso después de engendrarse la cordillera.

Durante el ciclo terciario se produjeron de nuevo movimientos al final del Eoceno. Se erosionó y desarrolló un relieve estructural sobre la nueva cordillera, reduciendo a un dorso suave la parte central, se fosilizó de nuevo el relieve y se produjo un levantamiento epirogénico, elevándose de 1.000 a 2.000 metros. Gracias a este último movimiento de elevación, que no fue continuo sino a base de movimientos de tipo espasmódico, volvió a entrar de nuevo en juego la erosión, excavando nuevos lechos sobre la plataforma de conglomerados. El ritmo de la erosión seguía las oscilaciones del levantamiento de la cordillera, de modo que durante las fases de estabilidad los agentes erosivos completaban su trabajo creando niveles de erosión cada vez más bajos que los anteriores. Estos niveles de erosión, escalonados entre el nivel de las altas crestas y los llanos subpineraicos, se reconocen fácilmente por la forma de graderíos de los valles.

Se podría afirmar también que, aún después de la era terciaria y a principios de la cuaternaria, el Pirineo ha continuado elevándose todavía después del plegamiento principal, dando como resultado la afirmación de que el relieve pirenaico no obedece solamente a la tectónica orogénica en si misma sino a la denominada tectónica morfogénica, separadas ambas por un plazo de tiempo bastante importante. El modelado del Pirineo no puede explicarse como hemos visto hasta ahora solamente con la intervención de la estructura geológica ni con la acción erosiva de los cursos de agua. Hay otro factor importante que ha intervenido en la misma. Es el modelado glacial. Este nuevo factor que entra en escena a principios de la era cuaternaria, ha contribuido a rejuvenecer las formas topográficas y a dar más variedad al paisaje pirenaico.

Debido al enfriamiento que tuvo lugar al principio de la Era Cuaternaria, importantes glaciares ocuparon las dos vertientes del Pirineo. Una capa espesa y uniforme de hielo recubría todos los macizos en una extensión que llegaba casi a los 300 quilómetros de longitud, llegando hasta una altura de alrededor de 1.000 metros. La acción erosiva realizada por estos ríos de hielo fue importante y su huella se reconoce en el modelado de las formas pirenaicas: valles de perfil transversal en forma de U, rocas pulidas y estriadas, circos y cubetas lacustres. Además, con su movimiento arrastraron masas considerables de arenas y grandes bloques angulosos. Cuando el hielo se fundía, estas masas se iban acumulando al frente del glaciar creando importantes depósitos de morrenas.

Así como por debajo del campo de dominio del hielo, el agua es el único agente modelador del paisaje, en las zonas altas, y gracias a los persistentes golpes del hielo sobre las rocas, se han ido originando poco a poco las crestas dentadas, las agujas y las verticales laderas que descienden de las cimas más elevadas. En la actualidad los auténticos glaciares, pero, no aparecen hasta las alturas superiores a los 3.000 metros. A partir de este nivel, la nieve caída y comprimida por su propio peso hasta convertirse en masas de hielo de gran espesor, forma heleros o pequeños glaciares, que aunque poco potentes, quedan suspendidos por encima de los valles. Estos glaciares de tipo pirenaico cubren un frente de unos 90 quilómetros de largo, ocupando menos de una cuarta parte del total de la cordillera. En superficie pueden llegar a ocupar actualmente como máximo unos 5 quilómetros cuadrados. Están en franco retroceso debido principalmente al factor del cambio climático.

 

Senda sobre la nieve del Glaciar de Aneto, subiendo a la cima del mismo nombre

 

Entre los glaciares más destacados podemos nombrar el glaciar de Ossoue, a los piés del Vignemale, el más alpino de la cordillera, de unos 500 metros de ancho y sobre 40 metros de profundidad, el glaciar de Aneto, de unos 1.500 metros de ancho y unos 40 ó 50 metros de grueso, y el de la Maladeta, de la mitad de ancho y de unos 20 metros de profundidad. Destacan también, entre otros, el glaciar del Monte Perdido, en la parte norte del macizo, el de Llardana, el de Seil dera Baquo, el de Gourgs Blancs, el Rusell, el Tempestades y el de Barrancs. La velocidad de desplazamiento de los glaciares pirenaicos es substancialmente menor que la de los glaciares alpinos, pudiendo cifrar la misma en unos 10 ó 15 metros anuales.

Aunque influye bastante menos, hay que considerar también el mecanismo de la erosión nival. Masas de nieve colocadas en equilibrio inestable sobre una pendiente pronunciada acaban desplomándose, formando aludes que arrastran todo lo que encuentran a su paso.

Y, finalmente, también hay que tener en cuenta el poder erosivo del agua helada. El agua procedente de la fusión de la nieve que penetra durante el día por las fisuras de las rocas, cuando llega la noche se hiela y aumenta su volumen. De esta manera actúa como una potente cuña y trocea las rocas en fragmentos angulosos que se acumulan en las pendientes formando ingentes masas de grandes bloques esquinados, los canchales o tarteras. Cuando esto ocurre sobre superficies planas las rocas no pueden resbalar fácilmente y se forma un manto de detritus que cubre el substrato. Son los denominados mares de rocas.

Existen el el Pirineo bonitos ejemplares de diversos tipos de circos glaciares: circos glaciares sencillos rodeados de paredes verticales, circos glaciares compuestos, formados por la fusión de circos sencillos, y circos en graderío, separados por escalones a veces de una considerable altura.

Los lagos de alta montaña son uno de los mejores alicientes del paisaje pirenaico. Por encima de los 2.000 metros de altura son elementos obligados del paisaje cuencas lacustres alojadas en las hondonadas de los valles más altos o salpicando el fondo accidentado de los circos. Sus tranquilas y nítidas aguas, de una insuperable pureza, reflejan las laderas llenas de nieve, las recortadas crestas, y todas sus cumbres adyacentes. Existen en el Pirineo alrededor de un millar de lagos, más numerosos e importantes en la vertiente norte, donde la glaciación fue más intensa. La mayoría están situados entre los 2.000 y 2.500 metros de alto, pero algunos llegan hasta alturas de más de 2.800 metros. Su origen es variado pero en general todos son producto del glaciarismo cuaternario, siendo el hielo el elemento que ha excavado estas depresiones lacustres. Lagos de circo, excavados en el fondo de circos de origen glacial, como por ejemplo en la vertiente noroeste del Néouvielle. Lagos de valle, formados en el fondo de los altos valles pirenaicos, como el Estanyet de Besiberri. Lagos de collado, debidos a la acción erosiva del glaciar en la línea divisoria de dos vertientes. Claros ejemplos de los mismos se encuentran en las cercanías del Carlit. Lagos de terraza o de morrena, en los cuales una barrera de detritus ha cerrado las aguas, de los cuales existen muy pocos ejemplares en el Pirineo.

Por su tamaño podríamos definir tres categorías de lagos en el Pirineo: pequeños, de menos de 400 metros de diámetro, medianos, de entre 400 y 700 metros, y grandes, de más de 700 metros. Los pequeños, lógicamente, son los mas numerosos, casi un 75% del total. Los medianos serían poco más de un 20%. Y el resto, un 5%, serían los grandes. Su profundidad oscila entre los 20 y 50 metros, aproximadamente.

 

CLIMA

En cuanto al clima, cuando después de alguna ascensión por la vertiente española se llega a la divisoria con la vertiente francesa, no es raro observar un espectacular contraste del paisaje. Un mar de nubes esconde los valles opuestos y los picos más altos sobresalen como si de pequeños islotes se tratara. Un ambiente más húmedo, nubes y nieblas anuncian un notable cambio de clima. También la vegetación, fiel reflejo de la humedad, redondea el contraste entre las dos vertientes. Es la influencia de los húmedos vientos de la zona atlántica. Estos dos dominios climáticos, atlántico y mediterráneo, se disputan el terreno a lo largo de la cordillera, ampliando su campo de acción según la dirección de los vientos y las características del relieve. Este contraste, muy destacado en la parte central de la cadena, se va atenuando en sus dos extremos hasta llegar a borrar sus caracteres distintivos.

A pesar de todo, tanto el clima mediterráneo como el atlántico experimentan los efectos de la altura a medida que se acercan a zonas más elevadas, transformándose lentamente en clima de montaña, con diferentes matices según el origen. En las cumbres más altas, pero, la influencia del relieve se acentúa tanto que el clima posee características bastante uniformes. En general, la temperatura en montaña disminuye algo más de medio grado centígrado por cada cien metros de altura. Esta ley es de vital importancia para la distribución de la vegetación, distribuyéndose las especies vegetales según su grado de resistencia al frío. También influye en los contrastes térmicos la orientación. Las vertientes que se asoman al sur son algo más cálidas que las orientadas al norte.

En cuanto a las precipitaciones, tanto de lluvia como de nieve, las zonas meridionales sometidas a la influencia mediterránea son más secas que las septentrionales, sometidas a la influencia atlántica. En la zona de influencia atlántica encontramos proporcionalmente muchos más períodos de cielos cubiertos que en la parte mediterránea.

En cuanto a la nieve, sobre todo en las partes más altas, donde las nevadas son muy frecuentes evidentemente, la cantidad de precipitaciones sólidas aumenta con la altitud. Las precipitaciones no se reparten uniformemente en el transcurso del año. En general, existen dos estaciones muy lluviosas, la primavera y el otoño, separadas por dos períodos más secos, sobre todo en verano, y durante el invierno.

 

FAUNA

El Pirineo es un auténtico santuario para la fauna, que ha creado aquí su pequeño paraíso. Cualquier persona un poco paciente y silenciosa, afinando el oído y la vista, puede observar con relativa facilidad algunos animales silvestres. Quizás el mamífero más característico del Pirineo sea el sarrio o rebeco (Rupicapra pirenaica). Suele habitar entre alturas comprendidas entre los 1.000 y 3.000 metros. Realiza desplazamientos altitudinales al ritmo de las estaciones, a modo de cortas transhumancias. En invierno, empujado por la nieve, desciende hasta el límite superior de los bosques, donde encuentra cobijo y alimento. Pasada esta dura época, en la que mueren numerosos sarrios viejos y debilitados, los sarrios van progresando en altitud en busca de pastos más tiernos, concentrándose en verano en las partes más altas.

La marmota (Marmota marmota) fue introducida en la parte francesa del Pirineo y se ha expandido enormemente. De estructura maciza, tiene patas y orejas cortas y su cabeza es ancha y redonda. Es el roedor más grande de la fauna ibérica y su cuerpo está cubierto por un espeso pelaje de color pardo grisáceo. Vive en colonias subterráneas, excavando las profundas galerías donde habita. Son característicos sus chillidos, avisando de los peligros, y su figura erguida oteando el horizonte. Se alimenta de plantas herbáceas y cuando llegan los primeros fríos se introduce en sus madrigueras para realizar la hibernación que puede durar casi 6 meses.

Se pueden encontrar también armiños (Mustela erminea), que mudan totalmente el pelaje durante los cambios estacionales y habitan en lugares soleados y con abundante agua.

Otros mamíferos más pequeños que encontramos en el Pirineo son el topillo nival (Microtus nivalis), la musaraña alpina (Sorex alpinus) y la musaraña enana (Sorex minutus), así como algunos tipos de ratas y ratones. Todos estos, debido a su tamaño, son difíciles de observar.

En cuanto a aves, las chovas piquigualdas (Pyrrhocorax graculus) aprovechan los abruptos parajes montañosos para realizar audaces acrobacias, ayudadas por las corrientes de aire. Sus plumas son negras, con las patas rojas y el pico amarillo, y a menudo forman bandadas con sus parientes las chovas piquirrojas (Pyrrhocorax pyrrhocorax).

La perdiz nival (Lagopus mutus), refugiada en los Pirineos al retirarse los hielos después de las glaciaciones cuaternarias, habita por encima de los 2.000 metros de altura, incluso en invierno, ya que está adaptada para vivir en las condiciones más adversas.

El treparriscos (Tichodroma muraria) habita también en los altos roquedos. Con el dorso grisáceo y el vientre negro, sus alas son rojizas y blancas.

El quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), de alas estrechas y cola alargada, puede alcanzar una envergadura superior a los 2,50 metros. Son de color grisáceo, con la cabeza y el pecho más claros. Una parte de su dieta está constituida por huesos. Si son demasiado grandes, y de ahí su nombre, los lanza contra las rocas para fragmentarlos. Existen pocos ejemplares y son animales en peligro de extinción.

 

Cima del Aneto, curiosamente solitaria

 

Otras aves características son el gorrión alpino (Montifringia nivalis), el acentor alpino (Prunilla collares) y la bisbita ribereña alpina (Anthus spinoleta).

En los bosques de pino negro se pueden observar la perdiz pardilla (Perdix perdix) y el urogallo (Tetras urogallus). El macho puede alcanzar los 6 quilos de peso, siendo la hembra algo más pequeña.

También típicos de las masas forestales son el azor (Accipiter gentiles) y el gavilán (Accipiter nisus), rapaces bastante difíciles de encontrar.

Mucho más abajo abundan los mirlos, zorzales, arrendajos, petirrojos, carboneros, etc.

El jabalí (Sus scrofa) y el zorro (Vulpes vulpes) están experimentando un notable crecimiento en las zonas pirenaicas.

En los bosques viven también algunas especies de roedores como el desmán de los pirineos (Galemys pirenaicus), parecido a una rata, con el hocico a modo de trompa. Pardo el dorso y blanco el vientre, se alimenta de invertebrados acuáticos que encuentra en los arroyos de montaña.

Otras especies de roedores son el lirón gris (Glis glis) y el lirón careto (Elyomis quercinus) que habitan en nidos en las copas de los árboles y pasan el invierno aletargados.

Habitando ibones y riachuelos de aguas frías podemos encontrar la rana bermeja (Rana temporaria) y la rana pirenaica (Rana pyrenaica), así como el tritón pirenaico (Euproctus asper), de piel áspera y color oscuro.

Entre los reptiles cabe destacar la víbora áspid (Vípera aspis). Puede llegar a medir casi 70 centímetros y adorna su dorso un curioso dibujo en forma de zigzag.

En los valles más bajos podemos también encontrar una gran variedad de mariposas, langostas de montaña y escarabajos, mientras que en las áreas situadas por encima del límite de la vegetación arbórea viven algunas mariposas más especializadas y adaptadas a estas alturas.

Entre las grandes rapaces que habitan en el Pirineo hallamos la majestuosa águila real (Aquila chrysaetos). Sobrevuela las cumbres montañosas escudriñando cielo y tierra en busca de presas, sobre las que se lanza a gran velocidad. Se alimenta de ardillas, topos, reptiles, ratones y pájaros.

El buitre leonado (Gyps fulvus) es muy gregario y tiene sus colonias en cornisas y cuevas de grandes paredes verticales. Busca sus alimentos realizando grandes desplazamientos, sin apenas gastar energía gracias a una anatomía adaptada al planeo, y su dieta está exclusivamente constituida por animales muertos.

El búho real (Bubo bubo), el alimoche (Neophron percnopterus) y el halcón peregrino (Falco peregrinus) son algunas más de las aves que pueblan estos montañosos entornos.

 

FLORA

En cuanto a la vegetación pirenaica, podemos distinguir cuatro estratos o pisos de vegetación. Rozando el cielo, por encima de los 2.800 metros de altitud, nos encontramos con el denominado piso nival, que abarca hasta la cota máxima de los 3.404 metros del Aneto, donde sólo unas pocas plantas localizadas en ambientes favorables consiguen sobrevivir. La vegetación depende básicamente de los macizos y de la exposición. Es el dominio de los glaciares más meridionales de Europa como el de la Madaleta, Posets ó Monte Perdido.

Aunque parece imposible la vida más allá de los líquenes y las algas, en este inhóspito decorado de ibones, canchales y parches de hielo, algunas plantas son capaces de vencer y soportar el riguroso clima de la alta montaña. De todas ellas, unas pocas las encontramos en los tresmiles y sus zonas periféricas; como el musgo florido (Silene acaulis), que en realidad no es un musgo, el tomillo de montaña (Thymus nervous) o el ranúnculo de los glaciares (Ranunculus glaciales), que viste de blanco las austeras pedrizas. Desafiando los vientos heladores, a pocos metros del Aneto, la saxífraga (Saxífraga pubescens), subespecie Iraniana, cuelga sus bellas inflorescencias en las inaccesibles paredes de la vertiente norte.

Cabe preguntarse si el cambio climático acabará con estas reliquias de las alturas. Los glaciares pirenaicos son un termómetro visible de este fenómeno, ya que cada año disminuyen en grosor y longitud, pero en el mundo vegetal estos cambios no son tan evidentes, no se pueden advertir como en los hielos sino que hacen falta siglos quizás para corroborarlo. Los expertos ya se han puesto manos a la obra y están estudiando la respuesta de la flora de alta montaña al cambio climático en España y otros puntos del planeta. Y después de que algunos botánicos estudiaran las plantas de las cumbres se ha comprobado que algunas han desaparecido o que han subido de cota pero lo que está claro es que cuando lleguen a la cima no podrán subir más arriba.

A partir de los 2.400 metros y hasta los 2.800 encontramos en los Pirineos españoles el denominado piso alpino. En estas alturas se dan unas condiciones climáticas extremadamente duras, con heladas durante casi trescientos días al año, que impiden el desarrollo de los árboles. Las pequeñas plantas adaptadas a este medio han de soportar un recubrimiento de nieve durante un largo periodo del año, grandes oscilaciones térmicas, vientos muy fuertes y una intensa radiación solar. No obstante la nieve también actúa en ocasiones como protectora de las plantas, evitando que se hielen incluso cuando la temperatura exterior desciende muchos grados por debajo de cero, y en la primavera algunas incluso empiezan a crecer antes de que la nieve se funda, perforándola para alcanzar la superficie. Las masas de vegetación más importantes aquí son las praderas alpinas, formadas por diferentes plantas herbáceas. En esta zona viven también los sauces enanos: el sauce herbáceo (Salix herbacea), en suelo silícico, y el sauce reticulado (Salix reticulata) y el de los Pirineos (Salix Pirenaica), en suelo calcáreo. Todos ellos beben las frías aguas procedentes de la fusión de los neveros y apenas alzan un palmo del suelo. Estos sauces se asocian con Dryas octopetala, Omalotheca supina, Sibbaldia procumbens ó Mucizonia sedoides, delicadas plantas caracterizadas todas ellas por sus bellísimas aunque diminutas flores. Éstas han desarrollado la capacidad de activar su crecimiento bajo el manto nival para aprovechar los escasos 2 ó 3 meses que se liberan del hielo. Pero no son éstas las únicas que florecen allí. Donde la nieve comienza a fundirse abren sus campanillas las soldanelas (Soldanella alpina) y las pulsátilas de primavera (Pulsatilla veranalis). También lo hace el edelweiss, flor de nieve ó pie de león (Leontopodium alpinum) que como el pie de gato (Antennaria dioica) ó las pulsátidas están recubiertas de una borra pilosa que las protege de las heladas y de las radiaciones ultravioletas. En estos dominios de las nieves también florecen diversas especies de gencianas, los lirios, el gamón, narcisos y diversas especies de orquídeas, todas ellas afanadas por desarrollarse a toda prisa en el corto espacio de tiempo durante el cual están libres de nieve.

 

El Gran Quayrat, desde el último tramo de subida por el sur al pico Lézat

 

En estas zonas el fenómeno hielo-deshielo es muy habitual ya que la temperatura puede variar hasta 20 ºC del día a la noche. Esto provoca una peligrosa movilidad del suelo para las plantas, que la contrarrestan desarrollando unas largas raíces para no desarraigarse. Otra forma de sobrevivir es generar esquejes para reproducirse asexualmente ya que a veces no pueden obtener la polinización de los insectos por el excesivo frío. Es frecuente también entre las plantas alpinas la reproducción vegetativa por estolones y bulbos. También suelen vivir muchos años y no se la juegan en una sola floración para aumentar así las posibilidades de producir semillas susceptibles de germinar y perpetuar la especie. Otras desarrollan un color muy llamativo en las flores para atraer la atención de los pocos insectos polinizadores que visitan estas altitudes. Éste es el caso del morado de la Linaria alpina y la Saxífraga oppositifolia, o el color rosado de la Silene acaulis. Cuando escasean los insectos y la citada Saxífraga no es polinizada, es capaz de fecundarse a sí misma. Pero el esfuerzo evolutivo más asombroso lo ha desarrollado la gramínea Poa alpina, que puede generar en su espiga diminutas plantas idénticas a la madre (clones) listas para enraizar directamente en el suelo.

Además de los condicionantes ambientales, hay otros factores que han contribuido en la distribución espacial de las comunidades supraforestales como son la actuación de los herbívoros salvajes y los domésticos junto con el hombre. Siglos de presión ganadera ocasionaron una ampliación importante de los pastos alpinos. Es por ello que los puertos actuales descienden hasta cotas muy bajas penetrando en niveles que por naturaleza pertenecerían a los bosques. Al mismo tiempo se favoreció la expansión de plantas adaptadas al viento y al fuego, desplazando a otras que han quedado relegadas a lugares poco visitados o inaccesibles.

Durante el verano se produce una estratificación vertical de los rumiantes sobre las vertientes según su adaptación a los tipos de pasto y ordenados por su tamaño corporal, de manera que las vacas y caballos pacen en las laderas más bajas, mas arriba las ovejas, y los sarrios en las cumbres y roquedos. En muchas ocasiones los animales transportan entre su pelaje las semillas de algunas plantas contribuyendo a su dispersión. También es importante el aporte de nutrientes que sus excrementos producen sobre las zonas más frecuentadas, ya que favorecen el desarrollo de determinadas comunidades vegetales, algunas muy bellas, como el narciso bicolor que abunda en los reposaderos de ganado del Pirineo occidental.

Algo más abajo, entre los 1.800 y los 2.400 metros de altura, encontramos el llamado piso subalpino, integrado casi exclusivamente por coníferas (pinos, abetos,…), siendo el más abundante el pino negro (Pinus uncinata). También el abedul (Bétula pendula) juega un importante papel, asentado sobre todo al lado de los barrancos. En el sotobosque predominan los enebros (Juníperus communis), la brecina o brezo (Calluna vulgaris) y abundantes rododendros (Rhododendrum ferrugineum).

El límite del arbolado, dependiendo de la zona, se sitúa entre los 2.300 y los 2.500 metros de altura, llegando a las máximas alturas el pino negro, el rododendro y el enebro. Cuando desaparece el arbolado, se puede encontrar habitualmente el típico prado alpino.

Podemos considerar el piso montano, el situado más bajo dentro de lo considerado montaña, entre los 1.100 y los 1.800 metros de altura. Pueblan la umbría bosques de hayas (Fagus sylvatica), de acebos (Ilex aquifolium) y, a medida que aumenta la altura, de abetos (Abies alba). En la solana, encontramos robles (Quercus rober) y pinos silvestres (Pinus sylvestris), algunos de los cuales pueden alcanzar alturas superiores a los 30 metros. También suelen hallarse boj (Buxus sempervirens) y enebros (Juníperus communis) de tipo arborescente y, en lugares muy secos, aliagas (Genista scorpius). En lugares muy húmedos del sotobosque encontramos variadas especies de megaforbios: plantas de hojas anchas y tersas. Entre las adaptaciones de plantas herbáceas se suelen encontrar edelweis (Leontopodium alpinum), siemprevivas (Semprevivum tectorum), regalesia de montaña (Trifolium alpinum), con flores en forma de trébol, lirios violetas pirenaicos (Iris germanica) y azucenas comunes y pirenaicas (Lilium candidum, Lilium martagon), como la flor de lys. Otro grupo alberga plantas de flores y porte muy elegante, como las gencianas amarillas (Genciana lutea), los acónitos azules y amarillos (Aconitum napellus, Aconitum anthora), los anémones (Anémone nemorosa), frecuentes en prados húmedos, las orejas de oso (Ramonda myconi), los miosotis (Myosotis sylvatica), diversas violetas amarillas y moradas (Viola gracilis, Viola vilmoriniana) y la belladona (Atropa belladonna).

Tanto respecto a la fauna como a la flora, en el Pirineo existen bastantes especies endémicas y se han censado más de 160 de ellas. Cuando hablamos de especies endémicas nos referimos a que tienen especifidades pirenaicas, es decir que no se encuentran en ninguna otra parte. Son especies que han evolucionado en estos lugares durante largos períodos de tiempo y se han diferenciado progresivamente, adaptándose a las condiciones ecológicas locales.

 

Subiendo hacia la cresta de los Crabioules por la Vall de Lliterola

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